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Mujeres, resistencia y agroecología

Mujeres, resistencia y agroecología

Productora agroforestal, comunidad Guirapukuti.

Autor: J. Augusto Yañez Vargas - UAP CIPCA Oficina Nacional
Fecha: 09/09/2025

Introducción

Desde un enfoque de género, a lo largo de la historia, las mujeres han estado limitadas a un rol reproductivo de la sociedad, no por voluntad sino, por determinaciones de un sistema patriarcal que, principalmente, pretende generarle una dependencia económica alejada del rol productivo. Bajo estos criterios, es importante realizar una valoración y visibilización del fundamental aporte que realizaron, y realizan, al desarrollo de la agricultura, agroecología y que en la actualidad cumple un rol esencial en respuesta a problemáticas actuales como la inseguridad alimentaria y la crisis ambiental, muy propias del nuevo siglo y la profundización del capitalismo y consumismo devastadores. Así, “el trabajo productivo no remunerado de las mujeres es esencial en la lucha para la seguridad alimentaria; la mujer cumple, además, tareas domésticas como el recojo de agua y leña, y adicionalmente lleva adelante las tareas agrícolas y ganaderas, procesamiento de la producción y venta de los excedentes” (Liendo 2021: 30). En este sentido, en el presente artículo se busca establecer algunos aportes para conocer el proceso en el que las mujeres, históricamente, aportaron a la agricultura familiar o agroecología y que en la actualidad mantienen esta labor fundamental en las comunidades, muchos siglos después de haber desarrollado este conocimiento.

La “lejana” división sexual del trabajo

Los temas vinculados al género (1) , por lo general, representan un problema que decanta en diferentes consecuencias que afectan, principalmente, a los grupos en situación de vulnerabilidad como ser niñas, niños, adolescentes, adultas/os mayores, jóvenes, mujeres y GLBT (Gays, lesbianas, bisexuales y trans), entre otros. Por tanto, esta problemática es un asunto recurrente que ha pasado por varias generaciones y temporalidades. Por ello, se hace necesario iniciar con un breve repaso del origen de esta problemática que, con la marcha del tiempo y posicionamiento del patriarcado, han ampliado las brechas de desigualdad donde uno de los ejes centrales, problemáticos, son los hombres (2) .

En los orígenes nos referimos a lo que se conoce como división sexual del trabajo en la organización de los grupos de sociedades primigenias que recién empezaban a configurar una estructura social, lamentablemente en base a criterios de desigualdad y con brechas marcadas. No obstante, también hablamos de la división sexual del trabajo que demarca formas de relacionamiento entre sexos y empieza a crear, y profundizar, los roles de género además de los ámbitos en los cuales se desarrolla cada uno.

El contrato originario es un pacto sexo-social, pero la historia del contrato sexual ha sido reprimida. […] La historia del contrato sexual es también una historia de la génesis del derecho político y explica por qué es legítimo el ejercicio de derecho -pero esta historia es una historia sobre el derecho político como derecho patriarcal o derecho sexual, el poder que ejercen los hombres sobre las mujeres (Pateman, 1995. pp. 9-10).
Desde esta perspectiva, se cuenta con otro elemento que plantea el origen de las relaciones de desigualdad entre sexos, vinculados a un contrato donde, solo, los hombres fueron asumidos como sujetos de derecho, en tiempos antiguos. Con el avance de los derechos, la estructura patriarcal moderna siguió consolidando las desigualdades donde, incluso, los Estados se fueron sumando a este proceso, estableciendo un gran contrato social, como plantean los clásicos de las teorías de Estado, exclusivo para un solo sexo, junto a otros aspectos como la heteronormatividad y la homofobia.

En ese contexto, se fue desarrollando la división sexual del trabajo, estrechamente vinculada a características sexuales de mujeres y hombres, sobre todo desde la maternidad y gestación en las mujeres. En este contexto, resulta sugerente que, aunque en la actualidad parece existir la denominada “igualdad ante la ley”, las desigualdades y violencias siguen vigentes, aunque de manera encubierta.

El contrato de matrimonio también es un tipo de contrato de trabajo. Ser esposa conlleva ser ama de casa, es decir, que una esposa es alguien que trabaja para su esposo en el hogar marital. […] Durante los tres últimos siglos las feministas han comparado a las esposas con los esclavos o con los sirvientes y la comparación predominante hoy día es con los trabajadores. Pero ninguna de estas comparaciones, tomadas en forma individual, sirve plenamente para captar el significado de la sujeción patriarcal (Pateman. 1995. p. 163).

De esta manera, el paso del tiempo fue transformando las formas de control y dominación hacia las mujeres, el cual se ejerce desde todo un sistema que inicia desde el núcleo familiar llegando hasta lo más macro del mismo. Así, dentro de este tipo de contrato es donde se institucionaliza uno de los roles principales atribuidos de facto a las mujeres, el reproductivo. Esta condición (reproductiva), presentada como, natural en las mujeres vinculó, directamente, a determinados roles que, en cierto sentido, limitaron las posibilidades que tiene este grupo en lo productivo, siendo uno de las principales limitantes y obstáculos respecto del empoderamiento y el logro de la autonomía económica que trae consigo una serie de efectos colaterales.

A partir del establecimiento de este vínculo entre una limitación y dependencia, reproductiva - productiva, se fue configurando la división sexual del trabajo donde:Originalmente era la mujer la que alimentaba a la horda recogiendo semillas, brotes, raíces, bayas, gusanos, flores, todo lo comestible que ofrecía la naturaleza. Siempre fue la recolección la base del sustento. Por eso conocían la botánica mucho mejor que los hombres y fueron las primeras en cultivar el trigo, el primer cereal de la humanidad. En el Próximo Oriente fue el trigo y la cebada, el arroz en el Extremo Oriente y el Sureste asiático, el mijo en África, el maíz, el chile, la calabaza y el frijol en América, y diversas plantas, como el ñame y varios tubérculos, en diferentes áreas tropicales (Romano 2007: 13).

Según lo indicado por Romano, se observa que este proceso fue recurrente a nivel global, y no corresponde solo a un espacio definido. Sin embargo, resulta sugerente que la misma división sexual del trabajo permitió, a las mujeres, desarrollar capacidades diferentes a las de los hombres vinculadas a la productividad de la cual pueden ser generadoras, primero, de recursos y, luego, de ingresos económicos dentro de un espacio más limitado y alternativo al de los hombres. 

Es justamente en este lugar donde las mujeres terminan constituyéndose como las gestoras de la agricultura, que luego deviene en la agroecología, lo que se vincula a temas más determinantes como ser la seguridad alimentaria. Por su parte, los criterios de cuidado, en un sentido amplio de la palabra, también son importantes en este contexto, donde las mujeres se encuentran en un espacio central de esta responsabilidad. Así:
Los estudiosos están de acuerdo con que las mujeres inventaron la agricultura. Según los antropólogos, la revolución agrícola introducida en el neolítico fue precedida probablemente por un cambio en la relación entre hombres y mujeres. El macho cazador, ágil, pronto para matar, cedió parte de su predominio a la hembra, más pasiva, apegada a sus hijos, de andar más lento al mismo ritmo que los niños, guardiana y criadora de toda clase de pequeños. Era la mujer la que vigilaba todo su crecimiento, incluido el de las semillas y plantas (Romano 2007: 13-14).

Adicionalmente, en el texto referido, también se destaca el desarrollo investigativo que fueron profundizando y realizando las mujeres en los tiempos primigenios de las sociedades. “Para llevar a cabo la revolución neolítica, esto es, la agricultura, las mujeres no solo tuvieron que descubrir plantas adecuadas para cultivarlas, sino también inventar herramientas para labrar el suelo, regar y almacenar las mieses, y convertirlas en alimentos” (2007. p. 14). De esta manera, se debe realizar la valoración del aporte que realizaron y realizan las mujeres dentro de lo que se vincula con la alimentación, partiendo de la agricultura y que se replantea, actualmente, como agroecología. 

Habiéndose distribuido roles y responsabilidades entre mujeres y hombres, las primeras quedaron bajo tuición de espacios y recursos limitados. Pese a ello, lograron desarrollar técnicas para generar productividad desde este sitio y, sobre todo, garantizar el suministro alimentario para, inicialmente, su familia y, luego, la comunidad mediante estrategias de intercambio. De esta manera, “[n]o puede, pues, excluirse que los primeros investigadores de la Edad de Piedra fuesen mujeres. La mujer del Neolítico, recolectora de hierbas y bayas que sanan o matan, es la primera representante típica de la botánica y la farmacopea. El mundo vegetal era el dominio indiscutible de la mujer. Finalmente fueron las mujeres las que cultivaron huertos y campos según el ritmo lunar” (2007. p. 18). Asumiendo este punto de vista, podemos validar estos conocimientos que las mujeres, a partir de su actividad, fueron complementando de manera fundamental al momento ampliarse la estructuración de sociedades más complejas.
Bajo estas condiciones, el sistema patriarcal se fue constituyendo bajo el amparo del Estado arcaico patriarcal en un proceso que tardó, aproximadamente, 2500 años, teniendo como unidad básica de organización a la familia patriarcal. Esta relación se fue profundizando con el paso del tiempo, y sobre todo con el advenimiento del capitalismo, que tiene un fuerte espíritu patriarcal, en una lógica de fortalecimiento mutuo para terminar de afianzar un sistema de dominación, principalmente, hacia las mujeres y poblaciones en situación de vulnerabilidad. Dentro de este sistema se tiene como consecuencia a la crisis climática en la que se encuentra la humanidad con muy pocas opciones de revertirse.

En este contexto, y habiendo ingresado en una nueva etapa, se presentan nuevas disyuntivas de carácter ineludible que presenta dos posiciones: avanzar por los sistemas tradicionales de explotación junto a la agroindustria y sobre explotación de los medios de vida o aportar y profundizar formas alternativas y sostenibles como la agroecología (agricultura familiar), entre otras.  Luego de haber revisado diferentes procesos y momentos históricos vinculados al desarrollo de las sociedades, vemos la relación que existe entre los tres sistemas de opresión de las mujeres: capitalismo, colonialismo y patriarcado que fueron sumando a que, en la actualidad, vivamos esta situación crítica respecto del medio ambiente, junto a otros efectos como las amenazas a la seguridad alimentaria. Es por ello, que se debe tener una mirada integral al respecto de estos sistemas en el objetivo de lograr respuestas que no pueden esperar.

Desarrollo y capitalismo patriarcal 

Con el advenimiento del desarrollo industrial y tecnológico, ocurrieron en el mundo diferentes fenómenos sociales, políticos y económicos. A este proceso se suma el colonialismo, entroncado en la llegada irruptora de los colonos ibéricos que iniciaron con un proceso de sometimiento y control sobre los territorios y los cuerpos de la población originaria del, denominado, Abya Yala, junto a la explotación de lo que se denominan recursos naturales basados en el esclavismo y explotación de la población originaria. Mediante este derrotero, se procedió con una subsunción de lógicas, paradigmas, creencias y modelos de desarrollo, es decir de todo un sistema social, económico, cultural e ideológico. De esta, manera se inicia con la colonización forzada y violenta, en el intento de erradicar por completo el legado ancestral de los pueblos, ante la cual siempre hubo un sinfín de estrategias de resistencia y además se da inicio al capitalismo (3) en su fase imperial gracias a los nuevos productos provenientes de América, así como la fuerza de trabajo de su población.

Todos estos sucesos, fueron consolidando un modo de producción centrado en el capital, que, desde una mirada marxista, estructuró la sociedad en señores (4) capitalistas y proletarios/obreros (5). En este contexto, las mujeres eran un sector totalmente periférico e irrelevante que debería esperar un tiempo para poder avanzar hacia el ejercicio de los derechos, pasando, primero, por el reconocimiento. Bajo estos lineamientos, se fue posicionando y consolidando el sistema capitalista, delineando así las lógicas de desarrollo, basados en la explotación desmedida, reforzada por el imperialismo expansivo y armamentista. Esta misma situación terminó afectando de forma diferenciada a las mujeres con aspectos que, en muchos casos, siguen vigentes hasta la actualidad.

Junto al contrato sexual y la división sexual del trabajo se fue consolidado una estructura donde los hombres estaban vinculados al ámbito público y lo que concierne al ejercicio del poder o la toma de decisiones. Con el avance de la historia se fue ingresando en una especie de normalización de las desigualdades vinculadas al sistema sexo-genérico. En este sentido:

Los tradicionalistas, tanto los que trabajan dentro de un ámbito religioso como «científico», han considerado la subordinación de las mujeres un hecho universal, de origen divino, o natural y, por tanto, inmutable. Así que no hay que cuestionárselo. Lo que ha sobrevivido lo ha logrado porque era lo mejor; lo que sigue debería continuar siendo igual. Junto a la revolución industrial se fueron modificando las condiciones y necesidades del propio sistema (Lerner, 1990. p. 34).

Este planteamiento es uno de los más perversos y cuestionables porque asocian a un designio divino con la condición humana de las mujeres y su función biológica reproductiva, diferente a la del hombre. Entonces, a partir de este designio divino es que fue desarrollando una relación, cuasi, natural entre mujeres y hombres donde estas diferencias de sexo determinaron la división sexual del trabajo, por lo que no se debería culpar a nadie respecto de las desigualdades que favorecieron un dominio masculino (p. 35). Ante una ausencia de sentido crítico y como contracorriente, principalmente, se fueron gestando las diferentes olas del feminismo que, a partir de diferentes contextos, cuestionaros este relacionamiento para lograr que se visibilice estas formas de desigualdad y ejercicio de violencia hacia las mujeres, junto a otros grupos poblacionales.

Estos planteamientos tienen, algunas, de sus bases en la antropología feminista, quienes “[h]an hallado sociedades en la que la asimetría sexual no comporta connotaciones de dominio o subordinación. […] En estas sociedades se cree que los sexos son “complementarios”; tiene papeles y estatus diferentes, pero son iguales” (p. 37). Con estos argumentos investigativos se desmonta la supuesta estructura naturalizada que justifica las relaciones desiguales con supremacía masculina. Todo este entramado es parte de la consolidación del patriarcado como un sistema mundial de dominación centrado en una lógica androcéntrica colonial, que sin embargo lleva consigo ciertas condicionantes que a su vez también establece una estructura vertical entre pares hombres (6). Dentro de esta dinámica de las diferentes sociedades es que se fue consolidando el sistema patriarcal, sustentado en elementos tan básicos como el contrato sexual y la división sexual del trabajo.
 Por su parte, a partir de las características históricas y sociopolíticas propias de nuestro territorio, considerando los pueblos indígenas originarios del, anteriormente, Abya Yala, se tiene un tercer sistema de opresión y dominación el cual es el colonialismo (7). Este se vincula a los mecanismos de sometimiento y dominación que se impuso a partir de la llegada de los, hombres, colonizadores a nuestros territorios a finales del siglo XV. Así se estableció una estructura vertical en la que los pueblos indígenas, y más aún las mujeres indígenas, sumaron una nueva forma de desigualdad hacia las mujeres, entre otros grupos poblacionales (8) . De esta manera se establece el fuerte relacionamiento con la dominación del territorio, así como de sus medios de vida y, más aún, con el cuerpo-territorio de las mujeres (9) . De esta manera, se consolida una estructura que tiene como fin, en términos generales, el control del poder desde un orden dominante que tiene en el centro a los hombres y es justamente el lugar de encuentro entre los tres sistemas complementarios entre sí para el logro de sus objetivos. 

Esta mirada de desigualdad y apropiación de los medios de vida, por acción del modelo de desarrollo depredador y extractivista, impactó en la ruptura de lógicas anteriores donde: “La organización primaria de los que hoy es Bolivia, fue de naturaleza agraria. La tierra era común para todos, su sistema de trabajo exigió la colectivización del trabajo de hombres, mujeres, niños y ancianos, según su vocación y capacidad, bajo la guía del más anciano; la producción de distribuía con equidad entre todos sus miembros” (10) (Instituto Nacional de Reforma Agraria [INRA] 2008: 31). De esta manera se estableció un conjunto de sistemas de opresión, que deben ser identificados para el análisis y abordaje, que repercuten hasta la actualidad (11).
En un contexto más cercano y contemporáneo, podemos identificar formas específicas en que estos sistemas se expresan. Así podemos mencionar al agronegocio (12) como uno de los principales causantes de la perpetuación de desigualdades, entendiendo su afectación a nivel social comunitario generalizado, pero en un análisis más específico identificamos a las mujeres como las más afectadas. Este tipo de modelo de desarrollo, trae consigo otras acciones que atentan contra el medio ambiente y los territorios IOC junto a todas/os quienes habitan en ese espacio. Entonces podemos mencionar temas vinculados como la acumulación de tierras (latifundios)(13), incendios forestales, para generar una ampliación de la frontera agrícola, contaminación y pérdida de los medios de vida, vulneración y violación de los derechos individuales y colectivos de las NPIOC, desplazamiento y expulsión de las NPIOC, entre otros.

Como se observa, son muchas las consecuencias que emergen a partir del sistema capitalista, que es uno de los sistemas de dominación, fortalecido por las lógicas imperialistas y transnacionales que se han acostumbrado a sostenerse en el extractivismo y explotación de territorios ajenos. Asimismo, se asocian criterios geopolíticos donde los “recursos naturales” (14)  son entendidos como insumos que permitan ampliar sus objetivos expansionistas, donde podrían ingresar las invasiones y guerras que se sostienen gracias a países en desarrollo, en complicidad de organismos multilaterales que no asumen acciones efectivas de control. En este contexto, siempre, son las mujeres y poblaciones en situación de vulnerabilidad quienes salen más desfavorecidos y asumen las consecuencias de estos sistemas de opresión.

Mujeres, resistencia y agroecología

Frente a una estructura de desigualdades, sentada en el capitalismo, al que se suman el patriarcado y el colonialismo, a lo largo de la historia se han desarrollado diversas estrategias de resistencia, en este caso desde lo económico. Así es importante de una figura alternativa en cuanto al manejo de la economía; donde:Gran número de experiencias de economía solidaria son animadas por mujeres o destinadas a ellas. Las mujeres evalúan su participación no sólo desde el punto de vista de la remuneración económica, sino que valoran el aprendizaje, la convivencia, la posibilidad de tratar temas como la violencia contra las mujeres o la salud reproductiva. En general, las mujeres participantes se sienten más fuertes, valorizadas, con mayor autoestima por su conocimiento y su capacidad de innovar a partir de poco (Nobre 2015: 13-14).

Entonces, resulta sugerente que más allá de una mirada netamente economicista, el planteamiento de las mujeres es más amplio e integral, articulando otros aspectos de la vida donde “abre la posibilidad de superar fragmentaciones entre producción y reproducción, entre lo político y lo económico” (: 14). Así, estas prácticas se constituyen en una economía política de resistencia, ante los tres sistemas de dominación hacia las mujeres justamente por la articulación que se establece entre estos tres y las imbricaciones que vienen consigo.
Desde este enfoque, que involucra a diferentes elementos de la realidad, también se asocian los criterios de producción y reproducción donde existen cargas diferenciadas entre ambas. Así, “[l]a sociedad capitalista también se estructura por la separación entre producción de mercancías (bienes y servicios con valor de cambio en el mercado) y la reproducción de las personas, las trabajadoras y trabajadores que producen las mercancías” (ídem). No obstante, dentro de los análisis que se realizan, suele ignorarse que lo reproductivo es sustento fundamental de lo productivo (15). Bajo este sistema de dominación económica es importante destacar las desigualdades respecto de las oportunidades correspondientes a mujeres y hombres donde son las primeras las que se encargan, generalmente, del trabajo reproductivo en un entorno capitalista donde el trabajo productivo es incompatible con los tiempos para el cuidado, o al menos no en un sistema patriarcal. Entonces, son justamente, las mujeres quienes logran “conciliar” estas necesidades familiares-sociales a consecuencia de una explotación y sobrecarga de trabajo, denominada como doble jornada laboral (16).

Dentro del ámbito rural, las condiciones son más adversas dentro de comunidades y pueblos indígenas campesinos donde las mujeres son aún más afectadas. Aplicando un enfoque de interseccionalidad, podemos realizar un análisis especializado y diferenciado para explorar el proceso histórico de participación de las mujeres en las economías locales y comunitarias, aportando a necesidades básicas como la seguridad alimentaria. En este sentido, ingresa la agricultura familiar en su transición hacia la agroecología, donde las mujeres tienen un rol principal por el aporte que realizan a la conservación de prácticas ancestrales además del reconocimiento que se les hace como agricultoras, es decir con conocimientos válidos que son desarrollados de forma individual o colectiva, lo que también incide en el fortalecimiento del tejido social de la comunidad.

Históricamente, la actividad de recolección fue el punto de partida para que las mujeres desarrollen capacidades y conocimientos diferentes a las de los hombres que, sin embargo, resultaron elementales en términos de subsistencia de las familias. Los datos etnográficos han revelado que los trabajos de recolección los realizan fundamentalmente las mujeres, por lo que su aporte resulta básico para la supervivencia del grupo (Martin 2008: 194). Por tanto, esta es una actividad cotidiana y recurrente, mientras que la caza es más esporádica e impredecible, por lo que no garantiza la, que podríamos llamar, seguridad alimentaria en el nivel familiar.

Con la revisión histórica vinculada al desarrollo de la agricultura, considerando la participación central de las mujeres, se debe tomar en cuenta que cronológicamente se fueron pasando por diferentes modos de producción (17), entre los cuales se encuentra el actual capitalismo que ha acelerado una serie de problemáticas y desigualdades, vinculada, además, a un sistema patriarcal que tiene como característica la lógica extractivista y de explotación de todo lo que se pueda considerar un recurso a su servicio y beneficio. Sin embargo, los sistemas alternativos de producción familiar sostenible han permanecido presentes en las organizaciones familiares, como mecanismos de resistencia donde las mujeres son actoras centrales.

Con este protagonismo de las mujeres respecto de la agricultura familiar, en el último tiempo se ha desarrollado lo que conocemos como agroecología que tiene algunas connotaciones diferentes pero que profundiza el aporte de estas a su mantenimiento (18). Así, resulta sugerente la definición que es planteada por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) donde se establece:

La agroecología es una disciplina científica, un conjunto de prácticas y un movimiento social. Como ciencia, estudia cómo los diferentes componentes del agroecosistema interactúan. Como un conjunto de prácticas, busca sistemas agrícolas sostenibles que optimizan y estabilizan la producción. Como movimiento social, persigue papeles multifuncionales para la agricultura, promueve la justicia social, nutre la identidad y la cultura, y refuerza la viabilidad económica de las zonas rurales. Los agricultores familiares son las personas que tienen las herramientas para practicar la Agroecología. Ellos son los guardianes reales del conocimiento y la sabiduría necesaria para esta disciplina. Por lo tanto, los agricultores familiares de todo el mundo son los elementos clave para la producción de alimentos de manera agroecológica (19).

Desde esta lectura, entendemos el concepto de agroecología como algo complejo e integral que articula asuntos vinculados a la alimentación, pero, sobre todo, es entendida como un movimiento que enuncia elementos de análisis y crítica social, frente al consumismo y capitalismo, entre otros. Así, podríamos vincular el sentido de resistencia de las mujeres que hacen frente a diferentes amenazas a las que se suma el del acceso a los alimentos y el derecho de las personas, incluida el planteamiento cuerpo y territorio. De esta manera, el abordaje de la relación entre las mujeres y la agroecología se complejiza y enriquece por estos aspectos diversos, vinculados a estas temáticas.

En la actualidad la agroecología viene constituyéndose en un mecanismo de resistencia y defensa del territorio, que parte desde esta lógica de agricultura familiar donde, como se vio, las mujeres fueron, y son, actoras centrales en este proceso. Desde el planteamiento feminista, articulado con otros enfoques como el medio ambiental y el comunitario; se viene desarrollando una línea sugerente que vincula al cuerpo y el territorio como una continuidad que también es parte del proceso de descolonización de los pueblos, a partir de la mirada de las mujeres (20). Así, se pretende profundizar estas luchas llegando a un espacio muy personal, el cuerpo, donde se erradique lógicas coloniales de dominación a ese nivel, ello proyectado hacia el entorno y todo lo vinculado a este, como ser los medios de vida o bienes comunes, de los cuales las mujeres son las principales custodias. Asimismo, se vienen analizando aspectos como el aporte de las mujeres a la lucha por el medio ambiente desde las prácticas y espacios cotidianos, sin que se conforme un colectivo de lucha específico, sino que se lo realiza desde el día a día con las prácticas y relacionamiento con la naturaleza y los medios de vida.

Sin embargo, pese a los avances en temas de derechos, normativas y políticas públicas que se han ido desarrollando, el ámbito privado se constituye en un espacio que perpetua desde lo cotidiano las relaciones de poder desiguales. Es en este espacio que se ubica la doble, o triple, jornada laboral donde, además, se presenta una invisibilización del trabajo doméstico que, en su mayoría, es realizado por las mujeres. Este tipo de criterios influyen a diferente nivel, desde el relacionamiento cotidiano para la generación de dependencia económica dentro de la familia y en relación al hombre, así como en un nivel macro estructural. En este sentido:Esto sucede porque en las condiciones actuales las mujeres rurales y su entorno tienen una visión sesgada de lo que es el trabajo, reconociendo como “trabajo” solo aquellas actividades que reciben un ingreso monetario […]. Pero si el trabajo se realiza dentro del hogar o en la comunidad sin recibir dinero a cambio, no se considera trabajo. Esto hace que las mujeres rurales estén ocupadas no trabajando en sus parcelas, en la de sus familiares y por supuesto en el trabajo reproductivo y de cuidado que realizan (Argandoña 2021: 62).
Esta percepción respecto del trabajo doméstico y de cuidado, afecta al relacionamiento dentro de las familias. Sin embargo, es llamativa la auto percepción que tienen las mujeres también influye en aspectos como la valoración sobre su aporte a la generación de recursos y economía al hogar. Bajo estos criterios, es que se justifica, e invisibiliza, la sobrecarga laboral de las mujeres, porque estas, supuestamente, no aportan en la economía familiar (21). De forma adicional, se encuentran problemáticas como la violencia, en sus diferentes tipos (económica, patrimonial, psicológica, física, sexual)(22) que están interrelacionados a la dependencia económica y actúan bajo un mecanismo del ciclo de la violencia. 

Asuntos pendientes

Pese al importante aporte de las mujeres dentro de todo este proceso de trabajo vinculado a la agricultura familiar y la agroecología, las leyes y políticas públicas, además de una estructura machista y patriarcal, han mantenido vigente un sistema desigual y con inequidades que afectan a las mujeres. Es por ello que se hace pertinente continuar reflexionando sobre esta temática que cruza por diferentes temáticas como el rol productivo de las mujeres, la violencia machista, dependencia económica, entre otras. En este sentido, se plantean los siguientes temas pendientes:

-Acceso a tierras. Pese a las reformas normativas y de políticas públicas que se han impulsado en el país desde hace algunos años, incluso desde la revolución de 1952 con su reforma agraria, existen sectores que se mantienen en una situación de desventaja e injusticia. Muchas veces esta situación viene establecida por las estructuras sociales y culturales que priorizan a los hombres, en este caso, desde la distribución y titulación de tierras que se hacen en las comunidades. Así, se conoce que, según datos del Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA), hasta el año 2022 el 45% de los títulos agrarios estaban a nombre de mujeres, de forma individual o en copropiedad (23). Sin embargo, pese a este dato que puede resultar positivo en el avance, existen aspectos intrínsecos que aun impiden el derecho pleno en estas tierras tituladas, vinculadas a violencia económica y patrimonial. O también, podemos considerar la extensión a la cual acceden donde “la superficie que se les otorga mediante título, está muy por debajo de la superficie que se otorga a los varones” (INRA 2008: 38). Por tanto, la reivindicación de las mujeres respecto del acceso a la titulación de tierras es aparente y falta seguir profundizando este proceso. 

-Cuidado. Uno de los principales problemas y obstáculos al empoderamiento de las mujeres es el del rol reproductivo que se circunscribe, principalmente, a ellas. Esta situación se puede identificar como el tiempo de cuidado de las/os miembros de la familia. Mas allá del ámbito de análisis que se tenga (urbano o rural) este problema es recurrente y se mantiene vigente.

-Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). Que viene de un marco más grande e internacional que establece lineamientos de cumplimiento donde se tiene 17 Objetivos. Respecto de las mujeres se tiene el ODS 5: Lograr la igualdad de género y empoderar a todas las mujeres y las niñas en América Latina y El Caribe. Sin embargo, desde un enfoque de interseccionalidad, es importante prestar mayor atención a las mujeres indígenas y campesinas que, incluso dentro de la población femenina, se encuentra en mayor desventaja y con menos oportunidades.

-Políticas institucionales. Si bien se ha avanzado de forma importante en la normativa nacional, así como en políticas públicas. Es importante considerar elementos encubiertos que socaban la aplicación y ejecución efectiva de estos avances. 

Referencias 

- Argandoña, Bishelly. 2021. “¿En qué medida los sistemas alimentarios pueden ser sostenibles y equitativos sin la inclusión plena del trabajo que realizan las mujeres?”, pp. 55-78, en: Revista Latinoamericana de desarrollo económico. La Paz: IISEC. 

- FAO. “Agroecología y agricultura familiar”, en: https://www.fao.org/family-farming/themes/agroecology/es/#:~:text=La%20agroecolog%C3%ADa%20es%20una%20disciplina,optimizan%20y%20estabilizan%20la%20producci%C3%B3n

- Rodríguez, Rosa. 2004. Foucault y la genealogía de los sexos, 2da ed. Barcelona: Anthropos Editorial.

- Guzmán, Gloria et al. 2000. Introducción a la agroecología como desarrollo rural sostenible. Madrid: Ediciones Mundi-Prensa. 

- Harris, Olivia y Kate Young. 1979. Antropología y feminismo. Barcelona: Editorial Anagrama.

- Instituto Nacional de Reforma Agraria. 2008. La tierra tiene nombre de mujer. Equidad y género en el proceso de saneamiento de tierras. La Paz: INRA.Lerner, Gerda. 1990. La creación del patriarcado. Barcelona: Editorial Crítica.

- Liendo, Roxana. 2021. “Desafío boliviano: el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible desde el sistema agroalimentario campesino indígena”; en: Revista latinoamericana de desarrollo económico, pp. 13-34. La Paz: IISE.

- Martin, Aurelia. 2008. Antropología del género Culturas, mitos y estereotipos sexuales (2da. Ed.).  Valencia: Ediciones Cátedra.

- Martin, Kay y Barbara Voorhies. 1978. La mujer: un enfoque antropológico. Barcelona: Editorial Anagrama.

- Nobre, Miriam. 2015. Economía solidaria y economía feminista: elementos para una agenda, pp. 13-44, en Las mujeres en la construcción de la economía solidaria y la agroecología. Sao Paolo: SOF. 

- Pateman, Carole. 2015. El contrato sexual. Barcelona: Anthropos.

- Romano, Vicente. 2007. Sociogénesis de las brujas el origen de la discriminación a la mujer. Madrid: Editorial popular.

- Segato, Rita. 2013. Las nuevas formas de la guerra y el cuerpo de las mujeres. México D.F.: Tinta limón ediciones.

- Vos, Vincent et al. 2020. “Biodiversidad en Bolivia: Impactos e implicaciones de la apuesta por el agronegocio”, pp. 26-48, en: Mundo Rurales N° 15. La Paz: CIPCA.

- Yañez, J. Augusto. 2020. “Los hombres como problema”, pp. 146-155, en: Revista de análisis político La Migraña N° 34. La Paz: Fondo editorial BAHALP. 

Notas

1.  Dentro del debate en tema se de género, es importante contar con una diferenciación mínima respecto de lo que se entiende por sexo y género. En este sentido, según plantea Robert J. Stoller: “el vocablo sexo se refiere a los componentes biológicos que distinguen al macho de la hembra, relacionándose pues con la anatomía y la fisiología; mientras que el término género engloba aspectos esenciales de la conducta (afectos, pensamientos, fantasías…) que aun hallándose ligados al sexo, no dependen de factores biológicos (Foucault, 2004. p. 211-212). 
2.  No obstante, dentro de este grupo también existe una especie de estratos donde al centro se encuentran los que tienen un perfil principal que involucra a los hombres blancos, propietarios, con capital y formación académica; del cual el resto no queda exento, sino que son potenciales de acceder en algún momento. Así, “es de particular atención la violencia contra las mujeres, ya que tiene por detrás una serie de aspectos subjetivos de la masculinidad tradicional que agudiza el nivel de violencia, poniéndonos en el centro del ciclo de la violencia y ser los principales agresores, y peor aún feminicidas” (Yañez, 2020. p. 152).
3. En el libro primero de El Capital, Karl Marx establece que la riqueza, en sociedades donde domina en modo de producción capitalista, se presenta como una inmensa acumulación de mercancías. 
4. “Señores”, escrito en masculino, debido a la estrecha relación entre el sistema capitalista y el patriarcado los cuales someten a un mismo grupo poblacional, las mujeres, además de otros como las niñas niños y adolescentes a partir del adultocentrismo.
5. Al respecto se hace la división social de clases sociales en masculino ya que parte de ese proceso fue consolidar el capitalismo como coparte del patriarcado, es decir como uno solo. Por ello las mujeres, y sus derechos, eran inexistentes.
6. Al respecto, los estudios de masculinidad han desarrollado estas diferencias existentes entre los hombres, pese a un marco general impuesto por el patriarcado. 
7. El colonialismo asume dos formas; el de colonialismo español y el colonialismo interno, que inicia con la creación de la república de Bolívar (Bolivia).
8. La interseccionalidad resulta muy útil para entender esta relación que se establece entre características de clase, género, nivel educativo, condiciones de salud y demás, donde las mujeres tienen una marcada desventaja y se visibiliza desde este enfoque.
9. Sobre esta relación de dominación hacia el cuerpo territorio de las mujeres, en el contexto boliviano se ha desarrollado propuestas desde el feminismo vinculadas a la despatriarcalización y descolonización, donde, además, se vinculan temas medioambientales.
10. Aunque como vimos más arriba, según la antropología feminista, esto no era un caso particular, sino que se repetía en diferentes pueblos.
11. Asimismo, podemos introducir el factor COVID 19, que, por la misma dinámica social en torno a una crisis sanitaria, inicialmente, trajo una serie de consecuencias adicionales en contra del ejercicio pleno de las mujeres junto a formas de violencia o ampliación de brechas de desigualdad.
12. En Bolivia, el agronegocio trae consigo una serie de problemáticas sociales como la ampliación de la frontera agrícola, incendios forestales, expulsión de comunidades IOC y otras donde las mujeres son más afectadas (Vos et al. 2020).
13. En la Asamblea Constituyente realizada en Bolivia entre el 2006 y 2008, el latifundio fue uno de los temas más discutidos, donde se pretendió evitar que la tierra quede en pocas manos y más bien pueda ser redistribuido. De esta manera, dentro de la Constitución Política del Estado (2009) y vía referéndum previo se estableció: “Se prohíbe el latifundio y la doble titulación por ser contrarios al interés colectivo y al desarrollo del país. Se entiende por latifundio la tenencia improductiva de la tierra; la tierra que no cumpla la función económica social; la explotación de la tierra que aplica un sistema de servidumbre, semiesclavitud o esclavitud en la relación laboral o la propiedad que sobrepasa la superficie máxima zonificada establecida en la ley. La superficie máxima en ningún caso podrá exceder de cinco mil hectáreas” (Artículo 398).
14. Es importante la categoría de recursos naturales, que llevan consigo una connotación capitalista, por el contrario, desde las naciones y pueblos indígena originario campesinos se tiene la concepción de medios de vida, entendidos como bienes comunes los cuales, por lo general, tienen un manejo sostenible.
15. Dentro del feminismo marxista, se utiliza una analogía que develan las desigualdades desde una mirada de clase donde “la mujer es la obrera del obrero”.
16. Cuando nos referimos a la doble jornada laboral y la responsabilidad de cuidado, se debe considerar en el análisis en el rol de los hombres que, a partir de la construcción de una masculinidad tradicional, se han desligado de este trabajo. “Así, los hombres podemos limitarnos al rol de proveedor (lo productivo) para lavarnos las manos en ese cumplimiento. No obstante, surge la doble y triple jornada laboral que nuevamente termina afectando a las mujeres, que en el enfoque marxista es denominado como explotación” (Yañez, 2020. pp. 151-152). 
17. El marxismo plantea diferentes modos de producción, en un proceso lineal, donde se encuentran: El comunismo primitivo, esclavismo, feudalismo, capitalismo y comunismo. Entre en el capitalismo y el comunismo se tiene al socialismo. En cada modo de producción se consigna una fuente de riqueza diferente siendo esta la acumulación del capital vía producción de mercancía y un aprovechamiento de la plusvalía para el modo de producción actual.
18. Respecto del origen en criterios técnicos de la agroecología: “La Agroecología surgió a finales de los años setenta como respuesta a las primeras manifestaciones de las crisis ecológicas en el campo. N obstante, si hemos de ser rigurosos, hemos de hablar con propiedad de «redescubrimiento» de la Agroecología y de formulación letrada (con el lenguaje científico convencional) de muchos de los conocimientos que atesoraban las culturas campesinas” (Guzmán et al. 2000. p. 81).
19.https://www.fao.org/familyfarming/themes/agroecology/es/#:~:text=La%20agroecolog%C3%ADa%20es%20una%20disciplina,optimizan%20y%20estabilizan%20la%20producci%C3%B3n.
20. Sin embargo, esta asociación no es nueva, pero si ha cobrado otros sentidos que vinculan a los territorios como espacios integrales donde se suman aspectos como el medio ambiente. “Antes, en las guerras hoy consideradas convencionales, desde el mundo tribal hasta las guerras formales entre Estados del siglo XX, la mujer era capturada, como le territorio: apropiada, violada e inseminada como parte de los territorios conquistados, en afinidad semántica con esos territorios y sus cuerpos como territorio mismo” (Segato, 2013. p. 58).
21. En relación se tienen datos llamativos que muestran que, “por cada dos mujeres no contratadas, no se contrata a un hombre. Por cada tres hombres remunerados, hay 1.7 mujeres remuneradas. Por cada hombre no remunerado, hay una mujer no remunerada. En los casos en que las mujeres trabajan de forma no remunerada, suelen considerar que lo que realizan no es trabajo, porque no reciben una remuneración por ello” (Argandoña 2021: 65). Este circuito de invisibilización, dependencia económica, informalidad y precariedad laboral establece condiciones altamente adversas para las mujeres, donde es necesario aplicar un enfoque de interseccionalidad para lograr una aproximación más cabal.
22. La Ley N° 348 “Ley integral para garantizar a las mujeres una vida libre de violencia” en su Artículo 7 establece 16 tipos de violencia entre los que se encuentran: física, feminicida, psicológica, mediática, simbólica y/o encubierta, contra dignidad la honra y el nombre, sexual, contra los derechos reproductivos, en servicios de salud, patrimonial y económica, laboral, en el sistema educativo plurinacional, en el ejercicio político y de liderazgo de la mujer, institucional, en la familia, contra los derechos y la libertad sexual. Con esta tipificación se logra un importante avance para visibilizar formas encubiertas de violencia que anteriormente no eran vistas como violencia.
23. Este proceso tuvo que superar varios momentos desde 1953 con la Ley de Reforma Agraria, en 1996 con la Ley INRA N° 1715, la Ley de reconducción comunitaria de la Reforma Agraria N° 3545 de 2006, hasta llegar a la Constitución Política del Estado, 2009, donde se incorpora la equidad de género en la distribución de tierras y reconoce el derecho de las mujeres a la propiedad y titulación de tierras. 

Documentos consultados

Constitución Política del Estado boliviano (2009).Ley N° 348 “Ley integral para garantizar a las mujeres una vida libre de violencia” (2013).

Este artículo fue publicado en la revista MUNDOS RURALES # 17 de junio de 2025

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