
Foto: Charly Bernal Fotografía
Autor: J. Augusto Yañez Vargas, Sociólogo investigador
Fecha: 19/03/2026
Es parte de la “costumbre” que, por ejemplo, al asistir a una fiesta de cumpleaños, de niñas y niños, vamos reproduciendo nuestras lógicas de género cargadas de un gran sesgo machista, donde incrementamos las cargas, estereotipos y roles a mujeres y hombres. De esta manera, asociamos “simples” colores, como el celeste o rosado, con el sexo-género de la persona a la cual vamos a hacer el presente. Así, el tipo de juguetes, si es el caso, como ser autos, pelotas, armas, soldaditos y demás, frente a las muñecas, cocinas y ollitas, entre varios otros, siguen reforzando los patrones socioculturales enmarcados en los roles de género, peligrosamente, naturalizados. Entonces, vamos replicando estas subjetividades e imaginarios aprendidos desde muy temprano, siendo afectados también por lógicas machistas de las y los adultos cuando éramos aún muy pequeñas/os, denotando esta reproducción constante de lo que concierne a la problemática del género y las desigualdades entre mujeres y hombres, proyectando así las responsabilidades de cuidado y el trabajo doméstico, además de quién es, supuestamente, responsable de ello.
Con este simple ejemplo, partiendo de la institución familiar, comienza un ciclo de complicidad donde se encuentran la escuela, la iglesia, el Estado y todo el sistema social tradicional, encasillado dentro del patriarcado, que favorece a los hombres en, casi, todos los sentidos. Producto de estas situaciones emergen las masculinidades que explican uno de los factores más importantes para que existan, actualmente, un tipo de hombres marcados por la violencia y que la reproducen contra mujeres, niñas, niños y adolescentes, principalmente, constituyendo al adulto como centro de la sociedad y todas sus implicancias. Por tanto, se presentan una serie de factores con los cuales se va estructurando el ser hombres y los roles que se les asigna, junto a espacios y subjetividades. Dentro de esta situación, desde muy temprana edad, quedamos absueltos del espacio doméstico y el trabajo del hogar, reducidos a la simple condición de proveedores o generadores de los ingresos familiares que nos liberan de otro tipo de responsabilidades (domésticas) a la espera patronal de ser servidos. Asimismo, encontramos al ejercicio de la violencia contra las mujeres que es asumido como otra característica del ser hombre, entendido, incluso, como una virtud y generador de estatus en el mundo machista.
Junto a las maneras en que vamos construyendo las masculinidades, se presenta el ejercicio de la paternidad que, generalmente, se reduce a la capacidad de proveer los ingresos económicos familiares que garanticen las condiciones materiales de sus miembros. Sin embargo, este tipo de aspectos generan, a su vez, dependencias económicas que devienen en violencia económica y patrimonial sumada a las otras, incrementando la complejidad de la problemática dentro de la familia. En este sentido, como una respuesta se plantean las masculinidades alternativas y la paternidad activa/presente que permita dar un giro a las formas en las cuales vamos interactuando los hombres en los diferentes roles que debemos cumplir, dentro del ámbito familiar.
Entonces, nuevamente debemos pasar a niveles de reflexión que nos permitan comprender y deconstruir las formas tradicionales del ser hombre y la manera en que ejercemos la paternidad, recuperando las emociones que nos enseñaron a reprimir u ocultar, siendo incapaces de demostrar lo que sentimos para evitar ser “débiles” (como las mujeres) ante la sociedad. Queda mucho por trabajar y seguir deconstruyendo o replanteando para que todas estas problemáticas sociales, vinculadas al género y las desigualdades, sean erradicadas mediante un trabajo permanente de autoobservación e introspección. Consecuentemente, se busca un cambio progresivo en una sociedad, idealmente, cada vez más igualitaria y libre de violencia en un mediano y largo plazo, donde las nuevas generaciones sean factores fundantes de estos cambios, paralelamente a nuestras acciones en el día a día de lucha contra la violencia hacia las mujeres.
Dentro de las masculinidades, sin duda, la paternidad es uno de los temas más sensibles a considerarse como punto de quiebre con la herencia del hombre (padre) tradicional, ante la pregunta de si “¿quisieras que tu hija tenga una pareja que sea igual que tú?”. Entonces, estamos ante el reto de romper ciclos y reproducciones de la violencia y, sobre todo, que esta no se normalice dentro del entorno familiar proyectando a los hijos como potenciales agresores (reproductores) o a las hijas como potenciales víctimas de la violencia al haber normalizado este tipo de relacionamiento. No obstante, debemos admitir que en el último tiempo se vienen generando cambios importantes respecto de las formas en que se ejerce la paternidad, pero aún falta mucho por avanzar y, sobre todo, cuestionar.
La población masculina tiene tareas pendientes que deberán resolverse, plenamente, con el recambio generacional, pero que empiezan hoy. Entre las principales podemos mencionar: cuestionar las prácticas machistas y todas sus implicancias; desnaturalizar las relaciones desiguales y violentas entre mujeres y hombres, partiendo del ámbito doméstico; promover el autocuidado como inicio de un proceso de asumir la corresponsabilidad; recuperar el sentido de crianza y paternidad activa-afectiva. Estas y muchas otras acciones, posibles e inmediatas, deben sumarse para, por fin, romper al pacto patriarcal que fisure a este sistema de opresión. Con todo lo dicho y al final del camino, solo quedará esperar que nos recuerden como el padre que siempre quisimos tener…
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